lunes, 16 de marzo de 2009

Reinicio de actividad blogera

Este tendría que haber sido un artículo sobre el próximo festival de teatro que habrá en abril, sin embargo, anoche mientras me daba un pequeño descansito abrí, así medio al azar, uno de mis libros de cabecera: “Il·luminar l’escena” de Francis Reid (no no está mal escrito, es que tengo una versión en catalán publicada por L’ Institut del Teatre de la Diputació de Barcelona) y me topé con un capítulo sobre la educación en las artes. Educación formal e informal. Y tiene unas cuantas reflexiones que me parecen no sólo interesantes sino que muy acordes a nuestra realidad actual (aunque él se refiera a la Inglaterra de principios de los 50… calculen el atraso que llevamos en algunas cosas) y me parece importante compartirlas.

Ahí van algunos extractos del capítulo, que obviamente traduzco, y después vienen mis comentarios.
“Sin escuelas de iluminación, excepto en los Estados Unidos, mi generación de diseñadores de iluminación europeos no tenía otra alternativa que ir a Yale o aprender trabajando y, por tanto, aprendimos trabajando. Como fuimos la primera generación, no tuvimos a nadie de quién aprender. Por tanto, tuvimos que pensar por nosotros mismos, respondiendo instantáneamente a lo que veíamos y sentíamos. Había unos cuantos libros de iluminación (…) que leíamos con avidez. Devorábamos los catálogos de Strand y su revista Tabs. La literatura acostumbraba a describir por donde había pasado la iluminación y donde se encontraba ahora, más que hacia dónde tendría que ir; pero todos los escritores compartían nuestra pasión y había algunos indicadores de futuro. (…) Todos nos inspiramos en el sueño de Adolphe Appia del espacio definido por la luz.

El equipo básico de aprendizaje eran nuestros ojos y nuestras orejas. Cada montaje de fin de semana era una ocasión de viviré en peligro; la toma de riesgos artísticos fue nuestra única manera de descubrir cómo se comportaba la luz y como nos las podíamos ingeniar para hacer lo que queríamos. Lo hicimos por el método simple y elegante de relacionar causa y efecto. Discutíamos la luz con cualquier que quisiera debatir. Escuchábamos con avidez tanto a productores como a directores, escenógrafos, pintores o regidores y electricistas establecidos –todos aquellos que previamente habían «hecho la iluminación» como parte de su trabajo. Los escuchábamos porque creíamos que el avance se acelera mirando atrás dentro del embalse de la experiencia. Pero sometíamos toda conexión con el pasado y el presente de la iluminación al análisis crítico. (…)

Un signo evidente que nuestra profesión se ha establecido por sí misma es que aparecen programas educativos especializados. Si bien esto es bienvenido, el proceso de ir hacia métodos más formales de educación implica suficientes problemas para pasar un rosario de preocupaciones. (…)

Todo el mundo que estudie una graduación en diseño de iluminación tendría que recordar que la educación universitaria no se trata de que te enseñen. El papel de las universidades y los institutos, concretamente en las artes, no es tanto enseñar como el de facilitar un entorno estructurado para el aprendizaje. De alguna manera esto incluye el personal que proporciona retos a sus estudiantes, pero la cuestión fundamental es la oportunidad de los estudiantes de plantearse riesgos ellos mismos.”

Il·luminar l'escena. Francis Reid, 1995

Si bien Reid habla específicamente de la formación de diseñadores de iluminación hay muchas cosas que se pueden tomar para el teatro en general, especialmente en lo que respecta a las actitudes a tomar respecto a nuestra formación ya sea formal o no. Me parece especialmente importante la actitud crítica respecto a lo que nos dicen, a lo que nos enseñan. Esta actitud crítica no implica el no creer en lo que dice el resto de las personas sino en que toda información comentario u opinión pasen por una especie de “colador” por donde se ciernen para aplicar estas cosas a nuestra situación en particular. 

No sé si al resto del mundo le ha pasado alguna vez pero a mí, y sobre todo cuando estaba empezando, me pasó que llegó un punto en el que cada cosa que leía o me decían me parecía bien, sensata, y adoptaba esa postura, para después encontrarme con una postura diametralmente opuesta e incluso irreconciliable y si estaba bien sustentada la adoptaba, muchas veces sin descartar del todo la anterior. Y así sucesivamente. Hasta que llegaba un momento en el que se producía una especie de “disonancia cognitiva”, en la cual habían varias posturas en mi cabeza haciendo choques entre sí. Es en ese momento que decidí filtrar esa información, para no morir en el intento.

Sin embargo esta gran diferencia de posturas, de visiones es lo que hace al Arte y al Teatro interesante y vivo. En el momento que haya UNA sola manera de hacer las cosas el Arte se muere. Creo que es importante, es casi nuestra obligación, el mantener estas diferencias e incluso potenciarlas. Pero tenemos que mantener el diálogo con el Otro, sino nosotros terminamos creyendo que nuestra manera es la ÚNICA y ahí es que estamos jodidos.

Lo que nos queda por hacer es aprender a dialogar, a criticar, desmenuzar, analizar lo que está alrededor nuestro utilizando esas herramientas que menciona Reid: los ojos y las orejas, e incluso añadiría dos más que si bien están en el texto no están explicitadas: las manos y la boca. Y con esto último no me refiero a que hay que darle una lengüetada cada cosa como los bebés, sino que compartiendo la información y las experiencias también se aprende porque se vuelve un proceso de ida y vuelta.

Bueno creo que esto ya me está saliendo demasiado largo para un blog así que mejor lo corto aquí sino me podría estar emocionando y quién sabe a donde llegaríamos…

Luis